Quien salva una vida salva al mundo entero

Quien salva una vida salva al mundo entero

Estamos en una  humilde Iglesia de un barrio. La frase es del Talmud y es lo primero que los visitantes con necesidades ven ante sus ojos. Una habitación discreta, apartada, con una mesa camilla y una ventana que da al patio. Entra luz y esta Iglesia de extrarradio irradia humanidad a tan sólo cien metros de la mezquita de la ciudad. La medalla de los Justos que recoge la frase se otorga a las  personas distinguidas por actuar en nombre de imperativos religiosos, como aquellas que pertenecían a las diversas iglesias cristianas pero también otras que actuaron por motivos humanitarios o que aun perteneciendo a organismos del Estado represor se opusieron a las instrucciones de sus superiores.

Una de esas medallas ya tiene nombre y pasó por una de esas Iglesias de barrio. El encargado de recoger, catalogar, suministrar y donar alimentos a muchas familias desde el anonimato sin alzacuellos. El responsable de leer sentencias dictadas por el juez en jerga diocleciana, traducir la pena en argot de calle, una condena entre olor a alcohol y desarraigo. La persona capacitada de dar una nueva vida oblata a la congregación, el que prepara el café y ayuda a entrar en la sacristía cunas para las familias con bebés destinados a cólicos de olvido.

Un misionero empeñado en cruzar el límite de la marginalidad y zurcir con hilo de pizarra la frontera de una calle sumida al destierro que amenaza con declararse independiente. Una labor innata, que recuerda a esos olvidados de Buñuel, una acción de trabajo en campo, con un propósito claro, intentar edulcorar la guetificación implantada en casas pintadas de colores. En definitiva, uno de los objetivos para recuperar el ideario original de algunos barrios que se ha deformado hasta llegar a convertirse en calles sin nombre.

Si Dios existe, ¿para qué los curas? Albert Camus

Existe en este paseo, una despedida ya pensada, una fe ciega en tocar el alma del que necesita ayuda y pide auxilio en silencio. No dormir en el barrio supone un cierto desdén que hace sangrar la misión de un párroco de guerra. Disparar sermones para hacer sensibles las conciencias y recibir metralla para aprender del dolor que sufren otros.

En este recorrido tocamos calle, barrio, gente. Palpamos la vida a su lado, padre e hija haciendo ristras de ajo para vender en mercados, talleres de cocina como excusa para no pasarse todo el día en la cocina, clases de resilencia, un gen obligatorio en ciertos contextos sociales, actividades educativas con una cámara fotográfica, y nadie detrás del objetivo. Allí se pierde la esperanza y allí se añora la fe. Un zarpazo que te remueve las entrañas. Es allí donde los curas existen. Sin rastro de dioses.

Yo creo que es mejor pensar que Dios no acepta sobornos. Borges

Volverá a pasear por pueblos, entrar en las casas de los habitantes de las villas, conocer el día a día de personas al margen de su espiritualidad, tocar el campo, recorrer terruños y oler la fe desde otra perspectiva. Vivir la fe, la religiosidad desde un compromiso más social, dejando de lado las ropas antiguas.

¡Hay que vivir! Y él me enseñó a vivir, él nos enseñó a vivir, a sentir la vida, a sentir el sentido de la vida, a sumergirnos en el alma de la montaña, en el alma del lago, en el alma del pueblo de la aldea, a perdernos en ellas para quedar en ellas. San Manuel Bueno, mártir. Unamuno

La respuesta nos la transcribe en hechos, un peregrinaje diario a los espacios faltos, no sólo de fe, también de hastío, abandono e impronta destructiva. Allí la figura de los curas supera la creencia en un Dios desteñido por la pobreza. Miramos hacia atrás y desde lo alto del campanario, ya no suenan las campanas, al menos como antes, una despedida con un guion aún por terminar. Queda mucho por hacer.

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