Mucho más que una carrera

Corremos. Corremos para que no nos pillen, corremos para entallarlo, corremos para llegar a fin de mes, corremos para poner nervioso al corazón, para recordar a los músculos quien manda aquí, corremos porque no es de cobardes, corremos por no llorar.

Hay formas de correr, a trote, cochinero y sofocante, de puntillas, como una bailarina, danzando entre el decorado de la ciudad, a galope, desaforado y semiprofesional con indumentaria profesional y con marcapasos de contrabando. Están los Gebrselassie, los media maratón y los running de moda.

Hay objetivos cuando corremos. Para acabar la carrera, para adelgazar, para estar entre los tres primeros, para llevarse comida a casa, para escapar de los que nos quieren pillar y para coger a los que han pillado infraganti.

Se corre la voz, el alcohol corre a veces por las venas, se corren seguros y puestos en las oficinas de empleo, se escribe al correr de la pluma y se corre a latigazos. Corre el rumor, corre…vuela el tiempo y corre el viento.

En Galipolli dos atletas australianos corren en el frente…-¿Qué son tus piernas? -Muelles de acero. -¿Cómo vas a correr? -Como un leopardo. En Carros de fuego, un judío y un cristiano corren, olvida su credo y corren, Cambridge y Vangelis para correr a cámara lenta. En la soledad un corredor de fondo, el actor corre, el reformatorio le hace escapar, corre pero no sale de su celda.

Existe una carrera en la que no se corre. Una carrera que no sale en el cine. Una carrera del taxi que no tenemos que pagar La carrera popular por la salud. Un día especial donde casi un centenar de voluntarios organizan una fiesta para integrar gente del barrio con inscritos de otros barrios de la ciudad, otras localidades y otros países.

En esta carrera no se pilla a nadie, no gana nadie, no existe un libro de instrucciones para correr. Se corre y punto. Existen maneras de ligar ciudadanos de un lado y de otro de las vías del tren. El policía corre, la farmacéutica corre, el párroco adelanta la homilía y corre, el profesor corre, las alumnas esprintan, el periodista abandona la radio y corre como si fueran sus ondas, el fotógrafo hace relevos y la meta se convierte en algo simbólico.

La meta la cruzan todos, el que corre por su mujer fallecida hace un año, el que quiere mejorar tiempos para la maratón de Nueva York, el que quiere visitar el Progreso a prisa y corriendo, el que quiere ganar a su hermano, el que quiere reírse del otro hermano porque no le ha ganado, la que quiere competir con los vecinos portugués.

Correr básicamente y según la estrafalaria definición de la RAE supone andar rápidamente y con tanto impulso que, entre un paso y el siguiente, los pies o las patas quedan por un momento en el aire.

En la Carrera por la Salud todos han volado, como protas de un Milagro en Milán, han cogido sus fuerzas, sus ilusiones, sus zapatillas y han rendido cuenta a la labor colaborativa de tantos actores del barrio. Muchos nombres que citar, muchos participantes que enumerar, muchas medallas que entregar, pero una única carrera que nombrar.

 

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