La vida como una película

La vida es una película. No le den más vueltas. Poco más de noventa minutos de rodaje en este mundo. Visto así suena chocante, duele, angustia. Pero a veces hay que darle vueltas al coco en este sentido. Es necesario ir al videoclub (si aún existen), y alquilar, realquilar, volver a visionar nuevos largometrajes. En ocasiones el cuerpo te pide nuevas historias; ese es el verdadero mapa de nuestra estancia en la tierra. Una de aventuras, saber hasta dónde podemos llegar. Salir del barrio para luchar con dragones, rescatar a tus hermanos metidos en un rascacielos de dificultades y por qué no, para poder fantasear como Peter Pan y ver la vida a vista de pájaro. Pero no son todos los días así. Píenselo bien, en ocasiones la vida es un cortometraje, dura menos de lo que uno desearía, es ahí cuando hay que disfrutarla al máximo, exprimir las cortas líneas de nuestra palma de la mano y dejar las cosas bien hechas.

 

En primavera nos da por rebobinar, una secuencia de amor, recordar mil veces ese beso hasta borrar el play del mando a distancia. Las pelis de terror son constantes, esas se repiten en nuestro historial más Qué bello es vivir de Capra en Navidad. Esas películas son las que ahogan nuestros límites, vampiros que nos chupan la sangre día a día y con los que tenemos que saber bregar. Sería conveniente que nos rociasen con una cabeza de ajo al nacer para espantar esos dráculas.

Hay fechas en las que nos ponemos chulos, nos hacemos los interesantes y tiramos de pelis de autor. Esos planos que nos arrima a la realidad, las historias que se asemejan demasiado a nuestro escenario, da la sensación de no haber pisado el cine, el cine viene a tu casita a grabar. Todos estos rodajes componen nuestro bobina vital, planos en color, que se mezclan con los blancos y negro del cine clásico, esa femme fatale que nos volvió loco en plena adolescencia y Humphrey Bogart pidiéndote un cigarrillo de contrabando en la plaza de tu barrio. Sonríes y le dices; se lo pides a Sam.

Woody Allen decía en Annie Hall que no quería mudarme a una ciudad cuya única ventaja cultural es poder girar a la derecha con el semáforo en rojo. En ese estante de nuestras películas preferidas deben tener miles de humor, al menos de pelis que nos hagan reír, o pensar que nos hacen reír, seremos más felices, aunque sea pagando los quince euros de la entrada, las palomitas, el refresco y la gasolina del coche. Al menos de camino a casa, nosotros podemos decidir que semáforos saltarnos.

En nuestros barrios las pelis del Oeste, la de indios y vaqueros, son las que más gustan, historias de forjadores de comunidades, de gente buscando un pedazo de tierra para formar familias. Rodajes alrededor de una estación de tren, una mosca, el sonido de una veleta sin engrasar, el tintineo de las espuelas de las botas de cowboy, la frontera que divide el contrabando, el chirriante sonido de las ruedas del tren sobre los raíles. El asma de motor de la locomotora marca el ritmo y la creación de nuestro particular barrio western. Ahí empieza todo. Un nuevo habitante llora a grito pelao, pide teta, chilla vida. En ese hogar, en esa luz encendida de la barriada comienzan los títulos de crédito de una nueva pequeña producción cinematográfica.

“Las películas tocan nuestros corazones, despiertan nuestra visión, y cambian nuestra forma de ver las cosas. Nos llevan a otros lugares. Nos abren las puertas y las mentes. Las películas son los recuerdos de nuestra vida. Tenemos que seguir con vida”. Martin Scorsese

Ismael y Sara han superado los veinte años. Les queda película por delante. Sus vidas se han entrecruzado de manera natural. ¿El casting para que todo se atara con solvencia? De nuevo el programa MOTIVA. A Estefanía, la coordinadora y psicóloga de este programa se le iluminan los ojos cuando hablan de estos dos chicos.

El barrio te hace fuerte. También te despista. Te atrapa y no te suelta. Bajo esas premisas, Ismael comenzó su andadura en este proyecto. Con 18 años y volver a retomar ciertas normas. Sufrí bastante, estaba inquieto en las clases. Hasta sudaba. 

Isma apadrinó a Sara (Uno de los sistemas para recomendar a otros alumnos). Y Sara cuidó de Isma. Antes de comenzar con las clases estaban ya viviendo juntos. Sara era consciente de la dimensión que podía aportar este proyecto en sus vidas. Fanática del mundo informático quiso ver más allá, idealizar posibles metas con mayor calidad para sus vidas. El cambió muchísimo cuando vino a MOTIVA, relata Sara. Una etapa crucial para dar un gran paso.

En esta película, los directores son los propios protas. Ellos eligen, seleccionan y dirigen sus vidas. Chicos de barrios, criados en un barrio y con una raíz más en el barrio. Un guión de superación. Trabajadores antes y después del programa. Limpiando casas, sirviendo exquisitos platos. Buena actitud, mucha educación y un valor añadido, las prácticas de MOTIVA en empresas asociadas, un bonus track de film que les hizo ampliar conocimiento. Alejandro Píriz, de Selfoffice un buen ejemplo de implicación social. A los tres meses, Sara añade un nuevo miembro a la “producción”.

Libertad a los cuarenta años. El niño tendrá veinte. Ríen algo impacientes. Aún no se ha estrenado en la maternidad. Sara disimula sus dudas de crianza. Ismael, está ilusionado, son muy jóvenes. Se les ve demasiado pequeños pero la peli avanza inexorablemente en un humilde casita del barrio de las 800.

Adelantamos el reloj y el cine ilumina el rostro de la madre y el padre, el pequeño Ismael ha llegado, el nuevo protagonista, la vida es una película. Una maquinaria de sueños, donde elegir la propia aventura, con fallos de raccord, con dudas en la interpretación, con poco presupuesto, pero una pequeña película a la que seguir alimentando de aventuras en el barrio de siempre.

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