El Carnaval desde la base

Los chavales van llegando. Son chicas y chicos de diversas edades. Son aún pequeños. Ocupan el aula libre de la primera planta, el resto de salas están colapsadas por acciones de todo tipo. Los barrios procesan mucha actividad durante las tardes.

Nos situamos. Una esquinita en el mapa de una ciudad. Más allá de las vías. El tren de la 17:05 ya ha divido la ciudad con su imagen serpenteante. Los raíles aún calientes, dejan el rugir y son ahora, las voces de esas chicas y chicos que quieren ser murgueros, los que hacen de banda sonora del barrio.

Ensayan, a pesar del frío que arrecia en la calle, de las cuatro gotas que han caído, a pesar de no saberse aún las letras. Sacar un rato por las tardes para hacer grupo. Ser partícipes de una actividad que noquea a la ciudad durante varios días. Los Águilas quieren volar alto.

Impregnarse del espíritu carnavalero, y hacerlo desde la base, absorber el ambiente de fiesta que recorre la ciudad bajo las pautas y rutinas de ensayos la disciplina musical. Fórmulas mágicas, para en cierta manera, reducir el absentismo social, cultural y escolar. Pautas de convivencia solidaridad y un espacio perfecto para desarrollarse en grupo

¿Los ingredientes para que esa murga infantil active el mecanismo?

La cosa viene de lejos, una cuestión atávica, de padres a hijos. Los Water Closet, la agrupación  ganadora del concurso de murgas del 2018 saboreaban las actuaciones de sus progenitores, Los Jarana, desde bien pequeños. En esa especia de droga carnavalera, la adicción sólo produce efectos altamente  saludables. Un dopaje cultural y festivo lleno de salud para recargar pilas para el resto del año.

 

Abel Sansinena y Víctor Martínez, cabecillas de los Water Closet están al mando. Sólo puede salir bien o muy bien. Ahora son ellos, los que un día emularon a sus padres, los que se encargan de transmitir la esencia de esta fiesta.

Están todos. Chicas, chicos, Abel y Víctor. Una guitarra y una lista con canciones llenas de letras rebosantes de humor y pasión. Unos desafinan, otros sólo mueven la boca, el más pequeño se ríe, la chica de trenza larga le llama la atención. La letra hay que aprendérsela, o al menos pillar la idea. Abel entona, Víctor marca los acordes.

Es cuestión de divertirse. De disfrutar, de acercar el barrio a la ciudad. De sentir nervios en la actuación y liberarse como el resto de formaciones. Es hora de concursar.

Lo han logrado, han subido al escenario del Teatro López de Ayala, se han divertido, se han emocionado. Se baja el telón y aún con toda la sonrisa en la cara y los ojos humedecidos, ya están pensando en subirlo en año el que viene. Primero los pies, las rodillas, la cintura, el pecho, los brazos, los hombros y la cabeza. En ese orden. Aplausos, acorde de guitarra y coplillas murguera. Pero eso será en otro Carnaval.

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Comentar (1):

  1. Ricardo Cabezas Carrasco

    8 abril, 2018 at 13:26

    Que guay como dicen los jóvenes en la actualidad. Gracias Víctor/Abel.

    Responder

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