Tan cerca, tan lejos

Las representaciones de la ciudad acostumbran a mostrar el escenario donde transcurren nuestras vidas con espectaculares perspectivas o con impresionantes cartografías que privilegian la arquitectura, los espacios icónicos y las sutiles calles que separan barrios y vecinos. Los ciudadanos, en el caso de aparecer, lo hacen como meros secundarios, para dar escala o ambiente. Pero hay otra forma de mirar la ciudad, componiendo su imagen a través de las historias de las personas que la habitan.

Las historias de los barrios son un muestrario atávico de los que hemos sido, somos y seremos, una cadena de recuerdos, que ensamblados atestiguan un cuaderno de bitácora. Reseñas zigzagueantes que mantienen un hilo conductor, sutil, a veces muy débil, que componen el ADN del barrio.

Para recorrer las calles, para conocer sus gentes, para paliar la dureza del día a día se necesita un ejército de buenas voluntades formados por soldados comprometidos. Y uno de esos agentes sociales comprometido tiene nombre y apellidos, la Fundación CB. Una entidad que lleva apostando desde el primer segundo de vida por acompañar a los ciudadanos extremeños en su gran viaje iniciático dentro de la acción social y cultural de la región.

Tan Cerca, tan lejos…E-Misión Radio

Tan cerca, tan lejos. Lo rozamos con las yemas de los dedos, las puntas de nuestras botas atusan la raya que delimita el barrio. El aire flirtea con la catenaria, sonido acompasado, con asma por los raíles, chirría el hierro, que marca aún más la invisible frontera. Tan cerca, tan lejos. Viven, conviven, reviven, trabajan, buscan trabajo, desocupan el tiempo, le dan vueltas al reloj, cantan, gritan, lloran, gimen, bailan, bailan mucho, alegres zapatean, danzan tristes, protestan y cooperan. Tan cerca, tan lejos. Comparten, desvalijan, hacen el amor, disfrutan haciendo el amor, se aman, traen críos al mundo, van al médico, a la farmacia, al banco, al teatro, al cine, a misa, al evangelio, a la partida, al bar, a las obras, al vertedero, al descampado, tocan las palmas, se disfrazan y hacen sonar los tambores. Suena algo menos el tren. Tan lejos, tan cerca.

Como dice Benito Quinquela, el primer día que jugó el equipo del barrio, con los números cosidos a mano, con las líneas discontinuas del área del portero, con goles legales en fuera de juego, con balones que salían por la tapia y no volvían nunca más. El bar de la calle principal, el del emigrante retornado, donde se celebran bodas, bautizos, comuniones con raciones de nostalgia en blanco y negro, ahora tapas con portentoso color. Las películas de verano, entre la flama y los planos de besos sin censura. El ruido de un barrio en silencio. Algunas roncaban, otros comían pipas, el proyeccionista pegaba bobinas. La parejita, tantos años agarrados de la mano, tanto sudor entre los dedos, un trabajo, una casita, un pequeño coche, una boda, bendición del párroco y té del imán. La familia crece, el barrio crece. Y cada vez que partí llevé conmigo la imagen de mí barrio, que fui mostrando y dejando en las ciudades del mundo. Fue así como un viajero que viajaba con su barrio a cuestas. O como esos árboles trasplantados que sólo dan fruto si llevan adheridas a sus raíces la tierra en que nacieron y crecieron.

 

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